¿Sabías que una persona con un peso normal podría estar en mayor riesgo de enfermedad debido a la grasa visceral? Aunque el peso corporal y el porcentaje de grasa son indicadores importantes de salud, hay un factor más preciso para evaluar la mortalidad y las enfermedades potenciales: la grasa visceral.
En el cuerpo, la grasa puede acumularse en distintas zonas. Por un lado, tenemos la grasa subcutánea, que se almacena justo debajo de la piel, y por otro, la grasa visceral, que se encuentra entre los órganos internos. Mientras que la grasa subcutánea es más visible, la grasa visceral es la que realmente puede poner en riesgo nuestra salud.
Es crucial considerar tanto el peso corporal como el porcentaje total de grasa al evaluar nuestro estado de salud. Sin embargo, enfocarse únicamente en estos factores puede llevar a ignorar la cantidad de grasa visceral, que es sumamente relevante. Existen casos en los que personas con un índice de masa corporal (IMC) en rangos normales y sin un aparente exceso de grasa corporal, tienen una acumulación de grasa visceral. Esto eleva significativamente el riesgo de complicaciones de salud, que pueden pasar desapercibidas si solo se considera el IMC.
La grasa visceral es un predictor importante de los riesgos de salud y cada día toma mayor relevancia. En este artículo, discutiremos diversas formas de medir la grasa visceral y los riesgos asociados a niveles elevados de esta.
Uno de los principales desafíos en este ámbito es la facilidad para realizar mediciones precisas de la cantidad de masa visceral. Existen métodos muy exactos, como las tomografías computarizadas y las resonancias magnéticas, que permiten diferenciar el tejido adiposo subcutáneo del visceral. Sin embargo, estos métodos presentan problemas en cuanto a su accesibilidad y, en el caso de las tomografías, el uso de radiación (Tchernof & Després, 2013).
Afortunadamente, existen métodos más accesibles que han demostrado ser efectivos para estimar la cantidad de grasa visceral y evaluar el riesgo de complicaciones de salud. Uno de estos métodos es la medición de la circunferencia de la cintura. Esta medida permite estimar la cantidad de tejido adiposo visceral y, además, se ha demostrado que una reducción en la circunferencia de la cintura está relacionada con una disminución de la grasa abdominal (Tchernof & Després, 2013), que, a pesar de no diferenciar entre grasa visceral y subcutánea, puede indicar una mejora en la salud.
Un estudio que calculaba un índice de adiposidad visceral basado en medidas de circunferencia de cintura, IMC, HDL y triglicéridos totales en 315 individuos sanos, lo relacionó con diversas complicaciones de salud. Este estudio concluyó que dicho índice se correlacionaba significativamente con todos los factores del síndrome metabólico y eventos cardio-cerebrovasculares. Además, este índice se asociaba a eventos cardiovasculares independientemente de la edad y del hábito de fumar. Este estudio subraya la importancia de considerar la circunferencia de cintura, relacionada con la grasa visceral abdominal, para evaluar el estado de salud de las personas (Amato et al., 2010).
La grasa visceral no es un depósito inerte; es un órgano metabólicamente tóxico. Libera sustancias inflamatorias y ácidos grasos que inundan tu hígado y tu torrente sanguíneo, desencadenando un efecto dominó de problemas. La ciencia la ha vinculado directamente con un riesgo elevado de padecer:
Diabetes Tipo 2 (por resistencia a la insulina).
Enfermedades Cardíacas y ACV.
Hipertensión y dislipidemia.
Cánceres como el colorrectal y de páncreas.
Hígado graso y apnea del sueño.
Esto no es una lista de condiciones raras; son algunas de las mayores amenazas para la salud moderna, y la grasa visceral es un hilo conductor entre ellas.
Un estudio que revisa la información existente sobre la adiposidad visceral y la grasa ectópica como factores de riesgo para diabetes tipo 2, aterosclerosis y enfermedad cardiovascular concluyó que, a cualquier IMC, un exceso de adiposidad visceral se asocia con una acumulación de lípidos en tejidos normalmente magros como el corazón, el hígado y el músculo esquelético, lo que contribuye al riesgo de presentar enfermedades cardiovasculares y metabólicas (Neeland et al., 2019). Esto destaca las limitaciones del IMC como indicador de salud y subraya la importancia de considerar la composición corporal, especialmente la distribución de grasa, para una evaluación más precisa de nuestra salud.
Incluso en personas con obesidad, la presencia de una mayor cantidad de grasa visceral puede aumentar el riesgo de padecer complicaciones de salud. Un análisis de correlación entre el área de grasa visceral abdominal y la función del corazón y el hígado, utilizando imágenes por resonancia magnética, dividió a 69 personas con obesidad en dos grupos: uno con un área de grasa visceral abdominal mayor a 150 cm² (grupo de estudio), y el otro con un área entre 100 y 150 cm² (grupo de control). El grupo de estudio no solo presentó indicadores de daño hepático mayores que el grupo de control, sino también una mayor proporción de diabetes tipo 2 y mayor resistencia a la insulina. Además, se concluyó que el tejido adiposo visceral es un factor de riesgo para el fallo y la enfermedad cardiovascular, especialmente en personas obesas (Bai et al., 2023).
En cuanto al cáncer, una revisión que recopilaba evidencia sobre la relación entre la obesidad visceral, el cáncer y la enfermedad cardiovascular, concluyó que existe suficiente evidencia para indicar que la obesidad visceral incrementa el riesgo de padecer cáncer colorectal, pancreático y gastroesofágico. En el caso del cáncer de mama y endometrial, la obesidad visceral representa un factor de riesgo para las mujeres en período postmenopáusico, independientemente de su IMC. Finalmente, se concluyó que, a pesar de la evidencia que indica una asociación entre el riesgo de enfermedad cardiovascular y la obesidad visceral, esta se pierde cuando se realiza un análisis específico por sexos o en adultos mayores (Silveira et al., 2021).
La grasa visceral es, sin duda, un indicador crítico de salud que no podemos ignorar. Pero la buena noticia es que, a diferencia de la genética o la edad, es un factor de riesgo altamente modificable. No se trata de una condena, sino de una llamada a la acción. Las estrategias para combatirla son claras: un entrenamiento que combine fuerza y cardio, una nutrición antiinflamatoria basada en alimentos reales, un descanso reparador y un manejo efectivo del estrés.
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